Brenda Estefan
Este sábado, fuerzas estadounidenses e israelíes llevaron a cabo un ataque contra objetivos estratégicos en Irán. La operación causó la muerte de Ali Khamenei y de al menos cinco de los 10 principales altos dirigentes del régimen. No fue un golpe táctico: fue una decapitación política del sistema de la República Islámica instaurada en 1979.
Khamenei fue uno de los personajes más siniestros y represivos de las últimas décadas. Bajo su liderazgo, el régimen consolidó un aparato de persecución, encarcelamiento y violencia sistemática contra su propia población. Apenas recientemente, una ola de protestas fue reprimida con brutalidad, con reportes de decenas de miles de muertos en cuestión de días.
La reacción no se hizo esperar. La respuesta iraní amplió de inmediato el conflicto. Teherán lanzó misiles no solo contra Israel, sino también contra objetivos en siete países: Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin, Irak y Jordania. La guerra dejó de ser bilateral y adquirió dimensión regional en cuestión de horas.
Esa ampliación era previsible -y así lo había advertido Irán-, por eso varias monarquías del Golfo se oponían desde el inicio: sabían que el conflicto no quedaría contenido. Estos ataques no buscan abrir frentes permanentes, sino enviar un mensaje directo a Washington: cualquier territorio cuya infraestructura facilite operaciones contra Irán puede convertirse en objetivo. Al mismo tiempo, Teherán busca internacionalizar el costo del conflicto, involucrando a actores del Golfo para que presionen por una desescalada.
La respuesta iraní no necesariamente se agotará en estos días. Puede manifestarse en las próximas semanas, meses o incluso años, no solo en forma de ataques militares directos, sino también mediante acciones asimétricas y atentados terroristas a través de redes y actores aliados.
No existía evidencia de un ataque iraní inminente contra Estados Unidos. Tampoco estaba plenamente respaldada por la inteligencia la afirmación del Presidente Donald Trump de que Irán estuviera a punto de desplegar un misil capaz de alcanzar territorio estadounidense. Estamos ante una “guerra de elección”, como Irak en 2003, más que ante una reacción a una amenaza inmediata.
Tras los bombardeos, Trump se dirigió directamente al pueblo iraní en un mensaje inusual: les pidió resguardarse durante los ataques y luego “take control of your government”, asegurando que podía ser “su única oportunidad en generaciones” para cambiar el rumbo del país. El mensaje fue claro: la ofensiva no solo buscaba destruir infraestructura nuclear y del programa de misiles, sino provocar un quiebre político interno.
Aunque el liderazgo haya sido golpeado, el régimen -o lo que quede de él- apuesta al tiempo para desgastar a Estados Unidos. La muerte de Khamenei no equivale automáticamente al colapso del sistema.
Esta no es solamente una guerra regional. Es una guerra internacional en el sentido más profundo del término: porque lo que está en cuestión son los equilibrios del mundo.
Irán no es un actor aislado: ha sido un socio estratégico de China, especialmente en energía. Debilitarlo impacta equilibrios que van más allá de Medio Oriente y se conectan con la forma en que Estados Unidos distribuye y concentra sus recursos a nivel mundial.
El riesgo energético es central. Por el Estrecho de Ormuz transita aproximadamente el 20 por ciento del petróleo comercializado mundialmente y cerca de un tercio del gas natural licuado global. Una interrupción significativa afectaría de inmediato precios, inflación y estabilidad económica internacional.
En el plano global, la señal será observada atentamente en Moscú y Beijing. Si Estados Unidos logra contener la escalada y mantener coherencia estratégica, reforzará su credibilidad. Si el conflicto deriva en desgaste prolongado o caos interno en Irán, el mensaje será distinto.
La decapitación del liderazgo iraní no es un episodio más en Medio Oriente: es un punto de inflexión para la región. Puede abrir la puerta a una reconfiguración profunda del equilibrio regional o precipitar una fase de incertidumbre mucho más prolongada y costosa. La apuesta de Trump es tremendamente arriesgada.
X: @B_Estefan
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